El sexo debe tratarse como lo que es: una función tan vital como comer y caminar.

La actividad bajo las sábanas es tan normal, y está tan pegada a la vida y a la evolución, que es una gran tontería no tratarla como lo que es: una función tan vital como comer y caminar.
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Por esa razón siempre he sido partidaria de que la gente asuma el sexo sin misterios. Y eso implica que cada cual le dé el significado que quiera: para algunos raya con el pecado; para otros, es un medio de procreación; otros han elevado el sexo a la categoría de rey de los desestresantes, y no falta quien lo asume como una obligación (increíble, pero es así...).
En nada de eso me meto, porque respeto lo que la gente piensa, tanto como su decisión de practicar el sexo a diario o una vez al año (con cada ascenso o cumpleaños), en la cama, en el suelo, al aire libre, con compromiso de por medio o sin él. Mejor dicho, que cada quien lo haga como y cuando quiera.
Solo hay algo sobre lo que quiero opinar y tomar partido: los polvos con amor tienen otro sabor. A ciencia cierta sé que se disfrutan más.
Créanme: cuando median los sentimientos la piel habla por sí sola; una mirada de ese otro que nos pone a mil el corazón levanta el ánimo, y sus palabras, dichas en el tono justo y con los labios pegados a la oreja, son como dardos que estimulan todo el departamento inferior del cuerpo e inducen a faenas deliciosas.
El antes, adobado con besos con sentido, caricias que tienen nombre propio y abrazos con la forma de un cuerpo que se ama, es lo más cercano que hay al cielo.
En esa condición no hay afán de buscar orgasmos simultáneos o la necesidad de hacer malabarismos o jugar al contorsionismo, en maratónicas sesiones nutridas por la intención del quedar bien.
En el sexo entre enamorados todo tiene sabor; un polvo en estas condiciones es el sello que refrenda un sentimiento verdadero. El sueño, en estos casos, no invade el inmediato después; las caricias no sobran al terminar, y el dar la espalda ni siquiera se contempla. Cuando hay amor no hay lugar a egoísmos en la cama, sino el deseo auténtico de complacer al otro, lo cual se logra sin tanto esfuerzo, porque las ganas están ahí, no hay que forzarlas...
Lo reafirmo (y, si quieren, les doy permiso de condenarme por cursi): no hay mayor delicia en este mundo que un polvo enamorado. ¡Nadie se puede morir sin haber experimentado uno de esos! Y si son varios, mucho mejor.
Ellos son el antídoto contra la frigidez, en todos sus grados, que afecta a tantas mujeres, y tiene en los señores más poder que cualquier pastilla. ¡Son un tesoro! Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
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