http://i2.esmas.com/2009/10/09/77941/sexo-caliente-419x276.jpgEn los medios de comunicación, en las iglesias y cultos religiosos, en los programas de educación sexual, en las escuelas, los médicos, los especialistas en salud mental, en la calle, en todos los escenarios de la vida, se dice que tener sexo es hacer el amor. Es como una necesidad de transfor-mar la recompensa neuroquímica del intercurso genital en un discurso que le quite lo animal para intentar manejar el poder de lo hormonal. El sexo, un evento biológico, se ha confundido con un constructo cultural que abarca muchos aspectos de la vida. La psique y su creación sublime, el amor, han sido reducidos a un nivel infraumbilical con todas las implicaciones que conlleva dejar un asunto tan delicado en manos de nuestras emociones proto-reptilianas, las más primitivas.
Esta confusión es responsable, en parte, de la escalada alarmante del número de mujeres asesinadas por su marido en este país. Desde el Otelo de Shakespeare hasta nuestros días el uxoricida tiene una razón, relacionada con el sexo o con la posesión de la sexualidad de la esposa, para matarla. En esta especie de dictadura del pene se acepta que si el esposo satisface sexualmente a la esposa es porque la ama, de tal manera que si en el encuentro sexual le provoca dos orgasmos la ama el doble. Y si además le dice que le está haciendo el amor, la señora pierde la perspectiva de las cosas y se reafirma en que esa liberación de hormonas en la fase de recompensa del orgasmo equivale a ser amada. Eso para el hombre representa un extraordinario poder porque significa que domina a la mujer con su sexualidad.
Cuando un hombre siente que lo despojan de ese poder y no tiene suficientes mecanismos mentales de contención para manejar el dolor que provoca esa pérdida, enloquece. Entonces, toma una decisión entre las posibilidades que, según su parecer, son válidas para acabar con el dolor, se mata él o la mata a ella, o ambos. No hay más alternativas, semejante ofensa sólo puede ser lavada con sangre, el animal está herido y quiere venganza. Finalmente decide que ella es la causante de su dolor y debe pagar con su vida. Sólo queda por definir lugar, día y hora.
Esta cultura violenta en que nos movemos propicia que un hombre empuñe un arma para cegar la vida de una mujer con el pretexto de haberle sido infiel o cualquier otro motivo que se le ocurra para justificar su homicidio y darle rienda a aquellos instintos torcidos que estaban esperando el motivo para expresarse. Aquí no puede decirse que son las condiciones socioeconómicas o de educación lo que está en el fondo de tales crímenes, pues, el uxoricidio se presenta en todos los estratos y niveles de alfabetismo. Es patología pura, es descomposición de la sociedad y sus valores, es el desprecio por la vida de los demás. Es, también, el producto de la distorsión de los conceptos por eufemismos que pretenden disfrazar lo biológico porque es motivo de vergüenza llamarlo por su nombre.
Una de las formas de acabar con el maltrato y asesinato de mujeres en Colombia es quemar todos esos libros que confunden y enseñar una nueva literatura científica que haga distinción entre sexo y amor.
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