Existen, por desgracia, ideas preconcebidas no verificadas que pueden llegar a entorpecer y a hacer insatisfactorias las relaciones.

Durante las últimas semanas, mi colega Elisabeth Pons Cebrián ha venido tratando las cuestiones sexológicas como quien va iniciando a los neófitos en las doctrinas más elementales de una religión. Así, ha tratado sobre la sexualidad como valor humano, como impulso y, finalmente, como desarrollo vital de las personas: durante la niñez, la juventud y en la vejez.
En el texto de hoy vamos a cambiar un poco de campo de estudio: del estrictamente sexológico al psicológico (un poco más indeterminado) pero sin abandonar el objeto de estudio. En el texto de hoy trataremos acerca de algunos prejuicios que mantenemos aún acerca del sexo, a pesar de vivir ya en el siglo XXI.
Así pues, diremos que puede que la imagen, tantas veces repetida en la literatura clásica, de la bruja proporcionando al amante el filtro que le hará irresistible a su amada, hoy nos parezca solo un motivo de sonrisa. Sin embargo, el desconocimiento sobre los problemas de la sexualidad continúa teniendo actualmente la suficiente importancia como para que todavía permanezca rodeada de errores y tabúes. Quizá ya no existan aquellas brujas y aquellos afrodisíacos de la literatura clásica, pero cualquiera que ojee ciertos catálogos de productos eróticos encontrará bastantes anuncios que prometen brebajes para que varones y mujeres caigan rendidos en brazos unos de otros, cremas capaces de aumentar hasta extremos insospechados la potencia sexual y cientos de otros productos que demuestran que las supercherías sexuales persisten.
Tanto es así que, ya fuesen filtros o bien bebedizos, ya pócimas o bien amuletos, todos ellos ocupan en todas las culturas un lugar destacado entre los “resortes” de excitación sexual. Así, por ejemplo, los ajos y las guindillas han tenido siempre fama de afrodisíacos (quizá porque su olor recuerde el de determinadas secreciones del cuerpo humano en momentos de excitación sexual) y la raíz del ginseng, actualmente de moda en muchos países occidentales, disfruta de una tradición milenaria en China como estimulante sexual.
Muchos de estos ilusorios métodos de mejorar la relación sexual pueden sin duda considerarse como meras anécdotas; pero existen, por desgracia, ideas preconcebidas no verificadas que pueden llegar a entorpecer y a hacer insatisfactorias las relaciones que, en la mayoría de los casos, podrían y deberían ser normales.
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